Por Juan Carlos
Pergamino, provincia de Buenos Aires Enviada a través de Radio Mitre, AM 790
Por mucho tiempo y cuando tenía muchos años menos viví en un pueblo distante a 18 kilometros de esta ciudad, Manuel Ocampo.
Como todo pueblo de aquella época: con sus calles de tierra, la Estación de Ferrocarril, la Capilla San Antonio, la Estafeta Postal y la farmacia de Camaraza, que no sé por qué no le gustaba que le golpearan fuera de hora, tal vez sería porque en su puerta colgaba una garra de león finamente fundida en bronce y tal vez le molestaba.
También el médico, que más de una noche tenía que asistir a algún enfermo llevado en carruaje con barro y lluvia. Era un gran tipo el Doctor Campilongo, en más de una oportunidad arreglaba la visita por una tira de chorizos secos.
El pueblo tenía muchos personajes: la herrería de Cualina que cuando le ibas a pagar algún trabajo tenía el dicho “y que te voy a cobrar”, el gallinero y cuánto más...
En una esquina que abarcaba casi una manzana, estaba el almacén de Ramos Generales de Don Santiago Danna y su señora, los dos de cabellos blancos y piel de igual color, personas muy finas como salidas de una novela.
Recuerdo que entraba en ese lugar de piso de ladrillos esquivando la tapa del sótano y comenzaba a recorrer con la vista el interior, así se podía disfrutar lo lindo que era el lugar.
Un mostrador de madera tan largo como el local, al fondo El Estaño, con su canilla de bronce y el pico formando una media esfera y, por supuesto, algunos paisanos acodados tomando su ginebra.
Paisanos que venían de las estancias y ataban sus caballos en los palenques que se encontraban en la vereda. Los cajones de madera con sus tapas.
Allí se podía ver, por supuesto todo a granel, yerba, azúcar, fideos, legumbres secas y cada uno con su cuchara curva de chapa lustrosa por el uso. Sobre el mostrador la balanza de dos platos con sus pesas, recubierta de vidrio y la base de mármol.
En ese lugar se podía conseguir casi todo.Don Santiago tenia su escritorio de madera muy fino con una tapa corrediza, tipo persiana donde hacia sus anotaciones en un libro grande de tapas negras y de muchas hojas.
Un día de mucho movimiento en el almacén, vendió una pechera y olvido anotarla en la libreta del cliente que en aquella época se usaba.
Recurriendo a lo más práctico anotó una pechera a todos sus clientes. Todos protestaron menos el que la había comprado, de esa forma solucionó el inconveniente y pidió disculpas por el error a los demás.
Esa es la historia de mi pueblo y su gente que recuerdo con tanto cariño y nunca los podré olvidar.
Publicado por Editor Pueblo a pueblo en Octubre 13, 2006

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